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El Viajero

  Salí de madrugada con el alma en prenda, esperando no resumir en un suspiro el anhelo que me aguardaba al doblar la esquina. ¿Qué haces cuando debes apostar por un vacío? Pensé que, de tener que hacerlo, preferiría dirigir mis fuerzas hacia el que se abre tras la mancha que esconde la nostalgia. Pero como no era mi turno de escoger, solo restaba avanzar hasta ese límite definido: la esquina que dobla los mundos. Ahí la nostalgia quedaría atrás, perdida en un Lar lejano, en algo que se quedó en el pasado. Hoy, su vigencia basta para mover el alma, la esencia y el espíritu; para decidir… o mejor: para urgir el paso hacia la esquina. Mientras recorría los primeros metros, el cielo se arqueó profundamente, encogiendo la distancia. Me detuve para mirar cómo el mundo se perfilaba en un abrir y cerrar de ojos que destina naderías al infinito: yo, parado en medio de un inmenso arco celeste, listo para lanzarme sin freno hacia las orlas que Dios le puso a la existencia. Me pregunto entonc...

El suelo de casa

Levantar la vista buscar el cielo topar la mirada con silencio enrejado del techo. El cuarto nos atrapa nos consume en su vaho circular Quizá no haya otro mañana, ni otro espacio, sólo esta húmeda luz de tiempo que nos marchita  todos los días. Carlos López

Nocherio 2

Rechazo la forma del diario. En el relato de los días siempre se escamotea lo nocturno, lo más íntimo. Aquí, por el contrario, late la parte callada, esa que no tolera la voz y solo admite ser leída con la cadencia del silencio y la lenta, casi imperceptible, caricia de la mirada.

El guardián del vuelo

—Un guardián no es un granjero —dije, y volví la mirada hacia el dragón que dormía. Respiré profundo y callé por largo rato. No, los dragones no se dejan crecer de manera silvestre o aventurada; los dragones se riegan con imaginación. Hay que acudir a ellos a diario para alimentarlos con mundos inconcebibles, extrayendo de cada pensamiento todo el sentido posible. El dragón nos mira y digiere, lenta pero gentilmente, cada bocado de lógica, cada frase, hasta quedar sumido en un largo silencio. Cuando su digestión termina, despliega las alas con fuerza y comienza a elevarse; al guardián no le queda más que verlo cruzar el firmamento. La criatura asciende y desciende, trazando rutas invisibles hasta perderse en alturas donde el cielo ya no tiene nombre. El guardián espera; a veces, durante horas. Mientras, el dragón ha viajado lejos. Quizá ha entrado en un espacio donde los dragones son la totalidad de la existencia, donde crean y recrean el cosmos; donde la pupila del animal es un colos...

Sobre el agnosticismo

  Respecto al agnosticismo, lo considero una postura intelectualmente más honesta que cualquier definición dogmática. La razón es simple: ¿puede lo limitado contener o comprender lo ilimitado? Es una paradoja pretender que una mente con sus evidentes deficiencias concluya, de manera inequívoca, si Dios existe o no; cualquier aserción sobre lo absoluto requiere de una capacidad que, por ahora, escapa a nuestra comprensión. Soy partidario de un agnosticismo moderado. Con esto quiero decir que reconozco cómo la creencia en lo divino mitiga la angustia existencial y, por tanto, valoro la permanencia de la fe. Prefiero que una creencia inocua persista en el corazón humano antes que su ausencia. Ciertamente, se me objetará que la historia muestra que las religiones han sido, en muchos casos, devastadoras; argumento con el que consiento, siempre que se haga una distinción clara entre religión, iglesia y creencia personal. Una cosa es la fe en una entidad superior y otra, muy distinta, es ...

Nocherio I

28 abril Hay preguntas que subsisten. Pasa el tiempo y la inteligencia no logra encontrar una respuesta satisfactoria. Como aquella vez en que me desperté con la urgencia de saber qué había pasado con el sueño que tuve de niño y que perdí sin darme cuenta; simplemente, ya no estaba conmigo. Por más que me esforcé en recordar, pensar y establecer asociaciones, no pude encontrar una respuesta que satisficiera mi curiosidad sobre el origen y las causas de mis pérdidas. "Quizás solo dejé de ser niño", me dije a mí mismo. Dejar atrás la ingenuidad nos despierta un apetito voraz por aquello que primero perdemos sin notarlo y luego extrañamos sin saberlo. Así de crudo, así de absoluto. Esa hambre por lo que un día soñamos y dejamos de buscar se guarda y sobrevive en nosotros al paso de los años, convertida en una sed hecha de añoranzas. Por eso, un día, al amanecer, uno se pregunta por qué los días tienen, a veces, este sabor a talco y metal en los pies. Pero no importa; las inquiet...