El Viajero

 Salí de madrugada con el alma en prenda, esperando no resumir en un suspiro el anhelo que me aguardaba al doblar la esquina. ¿Qué haces cuando debes apostar por un vacío? Pensé que, de tener que hacerlo, preferiría dirigir mis fuerzas hacia el que se abre tras la mancha que esconde la nostalgia. Pero como no era mi turno de escoger, solo restaba avanzar hasta ese límite definido: la esquina que dobla los mundos. Ahí la nostalgia quedaría atrás, perdida en un Lar lejano, en algo que se quedó en el pasado.

Hoy, su vigencia basta para mover el alma, la esencia y el espíritu; para decidir… o mejor: para urgir el paso hacia la esquina. Mientras recorría los primeros metros, el cielo se arqueó profundamente, encogiendo la distancia. Me detuve para mirar cómo el mundo se perfilaba en un abrir y cerrar de ojos que destina naderías al infinito: yo, parado en medio de un inmenso arco celeste, listo para lanzarme sin freno hacia las orlas que Dios le puso a la existencia.

Me pregunto entonces: ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué seguir hasta la esquina que dobla los mundos y hacer de esta madrugada el ocaso por el que se duermen los seres que no supieron emerger en este presente? A fin de cuentas, todos perdimos la apuesta de llenar este espacio con mejores promesas, con mayores esperanzas, con merecidas existencias. El cielo se sigue arqueando y su tensión estira cada cuerda de este mundo, como si la esquina se estrechara para apenas permitir el paso a un hombre; un solo hombre en el umbral, cargando el peso de la sombra y del tiempo insaciable.

Doy un paso más y la corta distancia me exige dirimir: ¿quedarme o moverme? El cielo se ha convertido en una inmensa geoda donde la noche, aún presente, y el incipiente día despliegan estrellas y mundos lejanos a los que podría ir a parar si no me detengo. El asunto persiste: preferirse viajero celeste o artífice del umbral. Miro el alma en mis manos y se deja ver con la seducción involuntaria que se le conoció a Eros en la vieja historia; esa historia que se repite sin nuevas variaciones, mostrando al sueño y a la sombra como intermediarios del asombro.

La primera luz del alba se anuncia y la esquina de los mundos está por cerrarse. Si me quedo… si me quedo… si me quedo, no será diferente. La luz me llena de valor y permanezco quieto mientras el cielo alcanza el límite máximo de tensión, donde se deja vencer el arco infinito de la noche. Se cierra el umbral y la esquina de los mundos desaparecerá para siempre. Entonces salgo disparado, viajero celeste y portador de las sombras infinitas.

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