El guardián del vuelo

—Un guardián no es un granjero —dije, y volví la mirada hacia el dragón que dormía.

Respiré profundo y callé por largo rato. No, los dragones no se dejan crecer de manera silvestre o aventurada; los dragones se riegan con imaginación. Hay que acudir a ellos a diario para alimentarlos con mundos inconcebibles, extrayendo de cada pensamiento todo el sentido posible. El dragón nos mira y digiere, lenta pero gentilmente, cada bocado de lógica, cada frase, hasta quedar sumido en un largo silencio. Cuando su digestión termina, despliega las alas con fuerza y comienza a elevarse; al guardián no le queda más que verlo cruzar el firmamento.

La criatura asciende y desciende, trazando rutas invisibles hasta perderse en alturas donde el cielo ya no tiene nombre. El guardián espera; a veces, durante horas. Mientras, el dragón ha viajado lejos. Quizá ha entrado en un espacio donde los dragones son la totalidad de la existencia, donde crean y recrean el cosmos; donde la pupila del animal es un colosal universo poblado por miríadas de planetas, de los cuales uno solo, en su giro, protege la frágil vida humana. O acaso ha asistido a otro plano, donde los dragones son motas de polvo posadas sobre una blanca margarita, interrogada por un corazón amante. Allí, el pétalo elegido da la respuesta final al amor presentido, pero no confesado. El pétalo cae sobre una noche estrellada y, desde el suelo, las constelaciones parecen huir en una fuga plutónica hacia la negrura.

De pronto, una de esas estrellas no se aleja; crece, expande su luz y revela el regreso del dragón tras su larga ausencia. El guardián lo recibe con historias nuevas para robustecerle el alma. Y cuando el vuelo se repita, el animal traerá consigo su hambre renovada de sueños, de esperanzas, de anhelos. Así, hasta que el sueño lo venza y prefiera reposar para desplegar, en el sosiego, sus verdaderas alas y visitar con calma los mundos que le pertenecen desde siempre.

—Un guardián no es un granjero —me repetí, mientras veía al dragón dormir.

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